Para poder anunciar el Evangelio de la esperanza hace falta
una sólida fidelidad al Evangelio mismo. Por tanto, la predicación de la Iglesia en todas sus formas, se ha de centrar siempre en la persona de Jesús y debe conducir cada vez más a Él. Es preciso vigilar
que se le presente en su integridad: no sólo como modelo ético, sino ante todo como el Hijo
de Dios, el Salvador único y necesario para todos, que vive y actúa en su
Iglesia. Para que la esperanza sea verdadera e indestructible, la « predicación
íntegra, clara y renovada de Jesucristo resucitado, de la resurrección y de la
vida eterna » (82) debe ser una prioridad en la acción pastoral de
los próximos años
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