La
misericordia – tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo
prodigo – tiene
la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama ágape.
Pensamientos de Juan Pablo II
Un pensamiento por dia
sábado, 11 de abril de 2026
La Misericordia ágape
La parábola del hijo pródigo - conversión y misericordia
La parábola del hijo pródigo expresa de manera sencilla,
pero profunda la realidad de la conversión. Esta es la
expresión más concreta de la obra del amor y de la presencia de la misericordia
en el mundo humano. El significado verdadero y propio de la misericordia en el
mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y
compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se
manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae
el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el
hombre. Así entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje
mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión. Así entendían
también y practicaban la misericordia sus discípulos y seguidores. Ella no cesó
nunca de revelarse en sus corazones y en sus acciones, como una prueba
singularmente creadora del amor que no se deja « vencer por el mal », sino que
« vence con el bien al mal »,69
viernes, 10 de abril de 2026
La misericordia divina el don pascual
Un día Jesús le dijo a sor Faustina: "La humanidad
no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia
divina" (Diario, p. 132). ¡La misericordia divina! Este es
el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a
la humanidad, en el alba del tercer milenio.
(…)
Tú ardes del deseo de ser amado, y el que sintoniza con los sentimientos de tu corazón aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor. Un simple acto de abandono basta para romper las barreras de la oscuridad y la tristeza, de la duda y la desesperación. Los rayos de tu misericordia divina devuelven la esperanza, de modo especial, al que se siente oprimido por el peso del pecado.
La misericordia del Señor es eterna
Hagamos nuestra
la exclamación del salmista, que hemos cantado en el Salmo responsorial: la misericordia del Señor es eterna. Para
comprender a fondo la verdad de estas palabras, dejemos que la liturgia nos
guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la muerte y la
resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este
prodigio de misericordia ha cambiado radicalmente el destino de la humanidad.
Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el amor del Padre, el cual, con
vistas a nuestra redención, no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de su
Hijo unigénito.
Tanto los
creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y
sufriente una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más
allá de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso después de la
resurrección del Hijo de Dios, "habla y no cesa nunca de decir que
Dios-Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. (...) Creer en
ese amor significa creer en la misericordia" (Dives in misericordia, 7).
Queremos dar
gracias al Señor por su amor, que es más fuerte que la muerte y que el pecado.
Ese amor se revela y se realiza como misericordia en nuestra existencia diaria,
e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, "misericordia" hacia el
Crucificado. ¿No es precisamente amar a Dios y amar al próximo, e incluso a los
"enemigos", siguiendo el ejemplo de Jesús, el programa de vida de
todo bautizado y de la Iglesia entera?
lunes, 6 de abril de 2026
Médicos «amantes de la vida» y la recta conciencia
Asistir, curar, confortar, sanar el dolor humano, es tarea
que por su nobleza, utilidad y su ideal, se acerca mucho a la vocación misma
del sacerdote. Tanto en el uno como en el otro oficio encuentra, efectivamente,
la más inmediata y evidente manifestación el mandamiento supremo del amor al
prójimo, un amor llamado no pocas veces a actualizarse aun en formas que tocan
el verdadero y real heroísmo. No debe asombrar, por tanto, la solemne advertencia
de la Sagrada Escritura: «Honra al médico antes que lo necesites, porque
también a él lo creó el Señor. Pues el Altísimo tiene la ciencia de curar...» (Sir 38, 1-2).
(…)
Como ministro del Dios a quien presenta la Sagrada Escritura como «amante de la vida» (cf. Sab 11, 25), quiero manifestar también mi sincera admiración hacia todos los cirujanos que, siguiendo el dictamen de la recta conciencia, saben resistir cada día a las lisonjas, presiones, amenazas y tal vez hasta violencia física, para no mancharse con comportamientos siempre lesivos de ese bien sagrado que es la vida humana: su testimonio valiente y coherente constituye una aportación importantísima para la construcción de una sociedad que, por ser a la medida del hombre, no puede menos de poner en su base el respeto y la protección del presupuesto primordial de cualquier otro derecho humano, esto es, el derecho a vivir.
viernes, 3 de abril de 2026
Reconciliaos con Dios
Como se
deduce de la parábola del hijo pródigo, la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya.
Mas nuestra fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en el misterio de
Cristo redentor, reconciliador, que libera al hombre del pecado en todas sus
formas. El mismo S. Pablo no duda en resumir en dicha tarea y función la misión
incomparable de Jesús de Nazaret, Verbo e Hijo de Dios hecho hombre.
También nosotros
podemos partir de este misterio central
de la economía de la salvación, punto clave de la cristología del Apóstol.
«Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo —escribe a los Romanos— mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su
vida. Y no solo reconciliados, sino que nos gloriamos en Dios Nuestro Señor
Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación»[22].
Puesto que «Dios nos ha reconciliado con sí por medio de Cristo», Pablo se
siente inspirado a exhortar a los cristianos de Corinto: «Reconciliaos con Dios»[23]
(de la Exhortación
Apostólica post sinodal Reconciliatio et Paenitentia del Papa Juan Pablo II)
Padre dame la parte de la herencia que me corresponde
«Un hombre
tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre, dame la parte de
herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo la dramática
vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro
de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos días de
la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la
humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la
valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado
al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había
esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso
de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido
encontrado».
El hombre —todo
hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre
para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación;
desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo,
deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí;
atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver
a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el
regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del
nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Lo que más
destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que
regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una
palabra: la reconciliación es principalmente un don
del Padre celestial.
(de la ExhortaciónApostólica post sinodal Reconciliatio et Paenitentia del Papa Juan Pablo II)