Dios es
fiel a su designio eterno incluso cuando el hombre, empujado por el Maligno[43] y
arrastrado por su orgullo, abusa de la libertad que le fue dada para amar y
buscar el bien generosamente, negándose a obedecer a su Señor y Padre; continúa
siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de responder con amor al amor de
Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose ilusiones y presumiendo de sus
propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel que lo
creó. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios
permanece fiel al amor. Ciertamente, la narración del paraíso del Edén nos
hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se
traduce en un desorden en el interior del hombre y en la ruptura de la armonía
entre hombre y mujer, entre hermano y hermano[44].
También la parábola evangélica de los dos hijos —que de formas diversas se
alejan del padre, abriendo un abismo entre ellos— es significativa. El rechazo
del amor paterno de Dios y de sus dones de amor está siempre en la raíz de las
divisiones de la humanidad.
Pero nosotros
sabemos que Dios «rico en misericordia»[45] a
semejanza del padre de la parábola, no cierra el corazón a ninguno de sus
hijos. Él los espera, los busca, los encuentra donde el rechazo de la comunión
los hace prisioneros del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en
torno a su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y de
(De la Exhortación
apostólica Reconciliatio et Paenitentia
de Juan Pablo II)