martes, 3 de noviembre de 2026

El amor es mas grande que el pecado

 

“«Dios es amor».58 Y sobre todo el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, que la «vanidad de la creación»,59 más fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo pródigo,60 siempre a la búsqueda de la «manifestación de los hijos de Dios»,61 que están llamados a la gloria.62 Esta revelación del amor es definida también misericordia,63 y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo.”

 

(de la Encíclica Redemptor Hominis -  Juan Pablo II)

lunes, 2 de noviembre de 2026

2 de Noviembre - Venid, adoremos al Señor, por el cual todos viven".

 

La conmemoración de hoy nos invita a reavivar la fe en la vida eterna. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva inscrito en las profundidades de su ser el nombre mismo, primordial y eterno, de Dios, que es comunión perfecta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Precisamente por esto su "yo" profundo no sucumbe a la muerte, sino que, superando los confines del tiempo, entra en la eternidad

(…)

Los cristianos, reunidos en torno al recuerdo de sus queridos difuntos, proclaman hoy: Regem cui omnia vivunt, venite, adoremus, "Venid, adoremos al Señor, por el cual todos viven". En el amor de Cristo, que todo redime de las consecuencias del pecado y de la muerte, resplandece la santidad de Dios y se manifiesta su designio providencial de "formar familia" con el hombre. Dios quiere que nadie se pierda (cf. Jn 6, 39), sino que cada uno, transformado por su santidad, vivo para siempre en su presencia en compañía de todos los hermanos y hermanas que forman su casa (cf. 2 Co 4, 14).

Podemos decir que la memoria de hoy es prolongación natural de la solemnidad de ayer. Juntas, forman la gran fiesta de la comunión de la Iglesia constituida por los fieles que aún peregrinan en esta vida y los que ya han cruzado el umbral de la muerte.

(de la Audiencia General de Juan Pablo II 2 denoviembre de 1994)

viernes, 30 de octubre de 2026

Todo cristiano está llamado a la santidad

 El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos. En la luz de Dios recordamos a todos los que han dado testimonio de Cristo durante su vida terrena, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Nos alegramos con estos hermanos y hermanas nuestros que nos han precedido, recorriendo nuestro mismo camino, y que ahora, en la gloria del cielo, gozan del premio merecido. Estos son los que, según la expresión del Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Han sabido ir contra corriente, acogiendo el "sermón de la montaña" como norma inspiradora de su vida: pobreza de espíritu y sencillez de vida; mansedumbre y no violencia; arrepentimiento de los pecados propios y expiación de los ajenos; hambre y sed de justicia; misericordia y compasión; pureza de corazón; compromiso en favor de la paz; y sacrificio por la justicia (cf. Mt 5, 3-10).

 

Todo cristiano está llamado a la santidad, es decir, a vivir las bienaventuranzas. Como ejemplo para todos, la Iglesia indica a los hermanos y hermanas que se han distinguido en las virtudes y han sido instrumentos de la gracia divina

Nuestra reconciliación con Dios

Nuestra reconciliación con Dios, el retorno a la casa del Padre, se realiza mediante Cristo. Su pasión y muerte en la cruz se colocan entre cada una de las conciencias humanas, cada uno de los pecados humanos, y el infinito amor del Padre. Este amor, pronto aliviar y perdonar, no es otra cosa que la misericordia. Cada uno de nosotros en la conversión personal, en el arrepentimiento, en el firme propósito de la enmienda, finalmente en la confesión, acepta realizar una personal fatiga espiritual, que es prolongación y reverbero lejano de esa fatiga salvífica, que emprendió nuestro Redentor. He aquí cómo se expresa el Apóstol de la reconciliación con Dios: "A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en El fuéramos justicia de Dios" (2 Cor 5, 21). Por lo tanto emprendamos nuestro esfuerzo de conversión y de penitencia por El, con El y en El. Si no lo emprendemos, no somos dignos del nombre de Cristo, no somos dignos de la herencia de la redención.

"El que es de Cristo se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo. Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación" (2 Cor 5, 17-18).”

(Juan Pablo II - de la Homilía en la Visita pastoral a la parroquia romana de San Ignacio de Antioquia el domingo 16 de marzo de 1989)

viernes, 2 de octubre de 2026

Los ángeles aquellos espíritus puros

 

 Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: "Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos" (Mt 18, 10). Ese "ver de continuo la faz del Padre" es la manifestación más alta de la adoración de Dios. Se puede decir que constituye esa "liturgia celeste", realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela "a los Ángeles y a los Arcángeles" para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en el culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad.

(Papa Juan Pablo II – de la Audiencia General 6 de agosto de 1986)




miércoles, 23 de septiembre de 2026

La fe de Maria y la fe del pueblo de Dios

 

Como afirma el Concilio: « María ... habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación ... mientras es predicada y honrada atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del Padre ».64 Por lo tanto, en cierto modo la fe de María, sobre la base del testimonio apostólico de la Iglesia, se convierte sin cesar en la fe del pueblo de Dios en camino: de las personas y comunidades, de los ambientes y asambleas, y finalmente de los diversos grupos existentes en la Iglesia. Es una fe que se transmite al mismo tiempo mediante el conocimiento y el corazón. Se adquiere o se vuelve a adquirir constantemente mediante la oración. Por tanto « también en su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles ».

(De la Carta Encíclica Redemptoris Mater del Papa Juan PabloII)

Acoger el « misterio » de la propia vida

La verdad de la Revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos acoger el « misterio » de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor: « Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres » (Jn 8, 32

(Papa Juan Pablo II Carta Encíclica Fides et Ratio)