Recordad las palabras de San Pablo a los Efesios:
"Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella... a fin de presentársela a
sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e
intachable" (Ef 5, 25-27). En la Iglesia debe suceder lo
contrario de lo que sucede a cualquier individuo que vive en este mundo; a
saber: que cuanto más pasa el tiempo y se van sucediendo los siglos, la
Iglesia, en vez de envejecer, tiene que rejuvenecerse cada vez más, para estar
siempre a la altura de su Esposo, eternamente joven, Jesucristo, el cual,
"resucitado de los muertos, no muere ya jamás" (Rom 6, 9), sino que es siempre "el mismo,
ayer, hoy y por todos los siglos" (Heb 13, 8).
(Papa Juan Pablo II – de
la Audiencia General 19 de marzo de 1989)