La
decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre
mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni
como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a la ley
moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice las virtudes
fundamentales de la justicia y de la caridad. « Nada ni nadie puede autorizar
la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto,
anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto
homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede
consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente
imponerlo ni permitirlo ».52
Cada ser humano
inocente es absolutamente igual a todos los demás en el derecho a la vida. Esta
igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera,
debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a
cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede
disponer. Ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser
humano inocente « no hay privilegios ni
excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño
del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias
morales somos todos absolutamente iguales ».53
(Papa JuanPablo II Ángelus 26 de marzo de 1995)