Esta
promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la cual se
siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas palabras proféticas y
ve cómo se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor aún, en tantos
corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las graves y urgentes
necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del tercer milenio se
cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como
una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.
La promesa del
Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la petición confiada y
ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el buen
Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de presbíteros, siga
así manifestando a los hombres de hoy su fidelidad y su bondad.
(de la Exhortación
Apostólica Pastores Dabo Vobis de
Juan Pablo II – 25 de marzo de 1992)