El apóstol
san Pablo, en la carta a los Romanos, recoge, con un poco de asombro, un
oráculo del libro de Isaías (cf. Is 65,
1), en el que Dios llega a decir por boca del profeta: "Fui hallado
por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí" (Rm 10, 20). Pues bien, después de haber
contemplado, en las catequesis anteriores, la gloria de la Trinidad que se
manifiesta en el cosmos y en la historia, ahora queremos iniciar un itinerario
interior a lo largo de los caminos misteriosos por los que Dios va al encuentro
del hombre, para hacerlo partícipe de su vida y de su gloria. En efecto, Dios
ama a la criatura formada a su imagen y, como el pastor diligente de
la parábola que acabamos de escuchar (cf. Lc 15,
4-7), no se cansa de buscarla ni siquiera cuando se muestra indiferente o,
incluso, molesta por la luz divina, como la oveja que se ha alejado del rebaño
y se ha extraviado en lugares inaccesibles y peligrosos.
(de laAudiencia General del Papa Juan Pablo II del 5 de julio de 2000)