El último,
en orden de enumeración de estos dones, es el
don del temor de Dios.
La Sagrada
Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de qué temor se trata?
No ciertamente de ese "miedo de Dios" que impulsa a evitar pensar o
recordarse de Él, como de algo o de alguno que turba e inquieta. Este fue el
estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después
del pecado, a "ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles
del jardín" (Gn 3, 8); éste fue
también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica,
que escondió bajo tierra el talento recibido (cf. Mt 25,
18. 26).
Pero este
concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto de temor-don del Espíritu.
Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime; es el sentimiento sincero y
trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda
majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias
infidelidades y sobre el peligro de ser "encontrado falto de peso" (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que
nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el
"espíritu contrito" y con el "corazón humillado" (cf. Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe
atender a la propia salvación "con temor y temblor" (Flp 2, 12). Sin embargo, esto no
significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su
ley.