Cor Iesu, victima peccatorum».
«Corazón de Jesús, víctima de los pecadores».
Esta invocación
de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús, según la palabra
del Apóstol Pablo, "fue entregado por nuestros pecados" (Rm 4, 25); pues, aunque Él no había
cometido pecado, "Dios le hizo pecado por nosotros" (2 Co 5, 21). Sobre el Corazón de Cristo gravó, enorme, el peso del pecado del mundo.
En Él se cumplió
de modo perfecto la figura del "cordero pascual", víctima ofrecida a
Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los
primogénitos de los hebreos (cf. Ex 12,
21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero
"cordero de Dios" (Jn 1,
29): cordero inocente, que
había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas
saludables del Jordán (cf. Mt 3,
13-16 y paralelos); cordero manso, "al
degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está
muda" (Is 53, 7), para que por
su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres
inicuos.
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