"No permitáis que los poderosos arruinen al hombre", escribía Volodymyr Monomach (+ 1125) en su libro "Enseñanza a los hijos". Son palabras que aún hoy conservan plenamente su validez.
En el siglo XX
los regímenes totalitarios destruyeron enteras generaciones, porque minaron
tres pilares de toda civilización auténticamente humana: el reconocimiento de la autoridad divina, de
la que brotan las orientaciones morales irrenunciables de la vida (cf. Ex 20, 1. 18); el respeto a la dignidad de la persona,
creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,
26-27); y el deber de ejercer el poder
al servicio de todo miembro de la sociedad sin excepciones, comenzando
por los más débiles e indefensos.
El haber negado
a Dios no ha hecho al hombre más libre. Al contrario, lo ha expuesto a diversas
formas de esclavitud, rebajando la vocación del poder político al nivel de una
fuerza bruta y opresiva.
VIAJE
APOSTÓLICO A UCRANIA
(23-27 DE JUNIO DE 2001)
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