Para
salvar al hombre, víctima de su misma desobediencia, Dios quiso darle un
"corazón nuevo", fiel a su voluntad de amor (cf. Jr 31,
33; Ez 36, 26; Sal 50, 12). Este corazón es
el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo, que
comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en
la cruz, convirtiéndose de este modo, y para todos, en manantial inagotable de
vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.
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