Notamos
que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba
fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la
visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo:
"Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos" (Mt 18, 10). Ese "ver de continuo la faz del
Padre" es la manifestación más alta de la adoración de Dios. Se puede decir que constituye esa "liturgia celeste", realizada en nombre de todo el universo, a
la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia,
especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el
que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo
a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela "a los Ángeles y a los
Arcángeles" para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así
a aquellos primeros adoradores de Dios, en el culto y en el amoroso
conocimiento del misterio inefable de su santidad.
(Papa Juan Pablo II – de la Audiencia General 6 de agosto de
1986)
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