La
conmemoración de hoy nos invita a reavivar la fe en la vida
eterna. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva inscrito
en las profundidades de su ser el nombre mismo, primordial y eterno, de Dios,
que es comunión perfecta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Precisamente
por esto su "yo" profundo no sucumbe a la muerte, sino que, superando
los confines del tiempo, entra en la eternidad
(…)
Los
cristianos, reunidos en torno al recuerdo de sus queridos difuntos, proclaman
hoy: Regem cui omnia vivunt, venite, adoremus, "Venid,
adoremos al Señor, por el cual todos viven". En el amor de
Cristo, que todo redime de las consecuencias del pecado y de la
muerte, resplandece la santidad de Dios y se manifiesta su designio
providencial de "formar familia" con el hombre. Dios quiere
que nadie se pierda (cf. Jn 6, 39), sino que cada uno,
transformado por su santidad, vivo para siempre en su presencia en compañía de
todos los hermanos y hermanas que forman su casa (cf. 2 Co 4,
14).
Podemos decir
que la memoria de hoy es prolongación natural de la solemnidad de ayer. Juntas,
forman la gran fiesta de la comunión de la Iglesia constituida por los
fieles que aún peregrinan en esta vida y los que ya han cruzado el umbral de la
muerte.
(de
la Audiencia General de Juan Pablo II 2 denoviembre de 1994)
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