sábado, 30 de agosto de 2025

Espiritu Santo : Persona-amor y Persona-don

 

Dios, en su vida íntima, « es amor »,36 amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto « sondea hasta las profundidades de Dios »,37 como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios « existe » como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor.38 Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación.

(de la Carta Encíclica Dominum et Vivificantem del Papa Juan Pablo II, sobre el Espíritu Santo)


martes, 26 de agosto de 2025

El bien común

 

El bien común al que la autoridad sirve en el Estado se realiza plenamente sólo cuando todos los ciudadanos están seguros de sus derechos. Sin esto se llega a la destrucción de la sociedad, a la oposición de los ciudadanos a la autoridad, o también a una situación de opresión, de intimidación, de violencia, de terrorismo, de los que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos de nuestro siglo. Es así como el principio de los derechos del hombre toca profundamente el sector de la justicia social y se convierte en medida para su verificación fundamental en la vida de los Organismos políticos.

Entre estos derechos se incluye el derecho a la libertad religiosa junto al derecho de la libertad de conciencia. El Concilio Vaticano II ha considerado particularmente necesaria la elaboración de una Declaración más amplia sobre este tema. Es el documento que se titula Dignitatis humanae

(Juan Pablo II en la Encíclica Redemptor Hominis)


El sentido de nuestra existencia en Cristo y por Cristo

 

Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo, «misterio escondido desde los siglos»69 en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor transcendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.

 

(JuanPablo II en la Encíclica Redemptor Hominis)

martes, 19 de agosto de 2025

Pérdida del sentido de Dios (2 de 2)

 

 En los últimos decenios, la pérdida del sentido de Dios ha coincidido con el avance de una cultura nihilista que empobrece el sentido de la existencia humana y, en el campo ético, relativiza incluso los valores fundamentales de la familia y del respeto a la vida. Con frecuencia, todo esto no se realiza de modo llamativo, sino con la sutil metodología de la indiferencia, que lleva a considerar normales todos los comportamientos, de modo que no surja ningún problema moral.

Paradójicamente, se exige que el Estado reconozca como "derechos" muchos comportamientos que atentan contra la vida humana, sobre todo contra la más débil e indefensa. Por no hablar de las enormes dificultades que existen para aceptar a los demás cuando son diversos, incómodos, extranjeros, enfermos o minusválidos. Precisamente el rechazo cada vez más fuerte de los demás, en cuanto diferentes, plantea un interrogante a nuestra conciencia de creyentes. Como afirmé en la encíclica Evangelium vitae:  "Estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera cultura de muerte" (n. 12).

 

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 15 de diciembre de 1999)

Perdida del sentido de Dios (1 de 2)

 

Hemos asistido al ocaso de las ideologías que vaciaron de referencias espirituales a muchos hermanos nuestros, pero los frutos nefastos de un secularismo que engendra indiferencia religiosa siguen presentes, sobre todo en las regiones más desarrolladas. Desde luego, a esta situación no se responde adecuadamente con la vuelta a una vaga religiosidad, con la que se buscan frágiles compensaciones y un equilibrio psico-cósmico, como pretenden muchos nuevos paradigmas religiosos que proclaman una religiosidad sin referencia a un Dios trascendente y personal.

Por el contrario, es preciso analizar con esmero las causas de la pérdida del sentido de Dios y volver a proponer con valentía el anuncio del rostro del Padre, revelado por Jesucristo a la luz del Espíritu. Esta revelación, no disminuye, sino que exalta la dignidad de la persona humana en cuanto imagen de Dios Amor.

 

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 15de diciembre de 1999)

Compromiso por la edificación de la "civilización del amor"

 

1. "Los cristianos, recordando la palabra del Señor:  "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Jn 13, 35), nada pueden desear más ardientemente que servir cada vez más generosa y eficazmente a los hombres del mundo actual" (Gaudium et spes, 93).

Esta tarea que el concilio Vaticano II nos encomendó al final de la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual responde al desafío fascinante de construir un mundo animado por la ley del amor, una civilización del amor, "fundada en los valores universales de paz, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en Cristo su plena realización" (Tertio millennio adveniente, 52).

 

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 15 de diciembre de 1999)


viernes, 15 de agosto de 2025

Asunción de María alegrémonos por su eterna gloria

 

“La que concibió en su seno virginal y trajo al mundo al Hijo de Dios, Verbo Eterno, experimenta hoy la perfecta glorificación del alma y del cuerpo en el tabernáculo de la Santísima Trinidad. Y nuestros corazones, como siempre, también hoy, pero hoy más que nunca, se dirigen a Ella con toda la sencillez y la confianza de los niños. ¡Alegrémonos por la eterna gloria de la Madre de Cristo y Madre nuestra!”