El primero
y mayor de tales dones es la sabiduría, la
cual es luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese
conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios. En efecto, leemos en la
Sagrada Escritura: "Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y
vino a mí el espíritu de
sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en
nada la riqueza" (Sb 7, 7-8).
Esta sabiduría
superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un
conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma
adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas. Santo Tomás
habla precisamente de "un cierto sabor de Dios" (Summa
Theol. II-II, q.45, a. 2, ad. 1), por lo que el verdadero sabio no es
simplemente el que sabe las
cosas de Dios, sino el que las experimenta y
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