En esta reflexión dominical deseo hoy detenerme en el segundo don del Espíritu Santo: el entendimiento. Sabemos bien que la fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente con la fe concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina.
La palabra
"inteligencia" deriva del latín intus
legere, que significa "leer dentro", penetrar, comprender a
fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades
de Dios" (1 Co 2, 10),
comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el
corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva
entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber
reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro;
"¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino,
explicándonos las Escrituras?" (Lc 24,
32).
(Juan Pablo II Regina Caeli, 16 de abril de 1989)
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