La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva
hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante éste, el Espíritu sana nuestro corazón
de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.
(…) La ternura,
como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial,
del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la
necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón. El don de la
piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de
profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno.
(…) La ternura,
como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre.
(…) El don de la
piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división
como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos
de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, a la raíz
de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.
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