Mostrando entradas con la etiqueta celibato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta celibato. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de octubre de 2013

Entender el celibato

“Intimidad con Jesucristo, ésta es la más profunda razón por la que una vida de celibato, en el espíritu de los consejos evangélicos, es tan importante para el sacerdote. Tener el corazón y las manos libres para el amigo, Jesucristo, estar totalmente disponible para El y llevar su amor a todos, éste es un testimonio que en un primer momento no todos pueden entender. Pero si nosotros ofrecemos este testimonio desde dentro, si lo vivimos como la forma existencial de nuestra intimidad con Jesús, entonces también crecerá de nuevo en la sociedad la comprensión para esta forma de vida que se apoya en el Evangelio.
(Beato Juan Pablo II homilía en la Misa para sacerdotes y seminaristas, Catedral de Fulda, 17 de noviembre de 1980) 

miércoles, 7 de agosto de 2013

El celibato del Pastor

“El celibato del Pastor no tiene solamente un significado escatológico, como testimonio del Reino futuro, sino que expresa también el profundo vínculo que le une a los fieles, en cuanto son la comunidad nacida de su carisma y destinada a totalizar toda la capacidad de amar que un sacerdote lleva dentro de sí. El celibato, además, lo libera interior y exteriormente, haciendo que pueda organizar su vida de modo que su tiempo, su casa, sus costumbres, su hospitalidad y sus recursos financieros estén solamente condicionados por lo que es el objetivo de su vida: la creación, en torno a sí, de una comunidad eclesial.”

viernes, 12 de abril de 2013

Celibato sacerdotal o consagrado

“En la sociedad actual, que valora ciertas concepciones erróneas de la sexualidad, el celibato sacerdotal o consagrado, así como, de otra forma, el compromiso en el sacramento del matrimonio, recuerda de manera profética el profundo sentido de la existencia humana. La castidad dispone a quien se ha comprometido a ella a poner su vida en las manos de Dios, ofreciendo al Señor todas sus capacidades interiores, para el servicio de la Iglesia y la salvación del mundo. Mediante la práctica de «la perfecta y perpetua castidad por el reino de los cielos», el sacerdote reafirma su unión mística con Cristo, a quien se consagra «de una manera nueva y excelente » y «con un corazón no dividido» (Presbyterorum ordinis, 16). Así, en su ser y en su acción libremente se entrega y se sacrifica a sí mismo, como respuesta a la entrega y al sacrificio de su Señor. La castidad perfecta lleva al sacerdote a vivir un amor universal y a estar atento a cada uno de sus hermanos. Esta actitud es fuente de una incomparable fecundidad espiritual, «con la que no puede compararse ninguna otra fecundidad carnal» (san Agustín, De sancta virginitate, 8), y dispone, en cierto modo, a «aceptar en Cristo una paternidad más amplia» (Presbyterorum ordinis, 16)”


martes, 15 de diciembre de 2009

El celibato una palabra dada a Dios y a la Iglesia


“Fruto de un equívoco, por no decir de mala fe, es la opinión a menudo difundida, según la cual el celibato sacerdotal en la Iglesia Católica sería simplemente una institución impuesta por la ley a todos los que reciben el sacramento del Orden. Todos sabemos que no es así. Todo cristiano que recibe el sacramento del Orden acepta el celibato con plena conciencia y libertad, después de una preparación de años, de profunda reflexión y de asidua oración. El toma la decisión de vivir por vida el celibato, solo después de haberse convencido de que Cristo le concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás. Solo entonces se compromete a observarlo durante toda la vida. Es natural que tal decisión obliga no solo en virtud de la “Ley”, establecida por la Iglesia, sino también en función de la responsabilidad personal. Se trata aquí de mantener la palabra dada a Cristo y la Iglesia. La fidelidad a la palabra es, conjuntamente, deber y comprobación de la madurez interior del Sacerdote y expresión de su dignidad personal. Esto se manifiesta con toda claridad, cuando el mantenimiento de la palabra dada a Cristo, a través de un responsable y libre compromiso celibal para toda la vida, encuentra dificultades, es puesto a prueba, o bien está expuesto a la tentación, cosas todas ellas a las que no escapa el sacerdote, como cualquier otro hombre y cristiano. En tal circunstancia, cada uno debe buscar ayuda en la oración más fervorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila. Es entonces cuando nace una confianza similar a la que San Pablo ha expresado con estas palabras: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta (40)”.”