Todo
hombre vive y muere con cierta sensación de insaciabilidad de justicia porque
el mundo no es capaz de satisfacer hasta el fondo a un ser creado a imagen de
Dios, ni en lo profundo de la persona ni en los distintos aspectos de la vida
humana. Y así, a través de este hambre de justicia el hombre se abre a Dios que
“es la justicia misma”.
Jesús en
el sermón de la montaña lo ha dicho de modo claro y conciso con estas palabras:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”
(Mt 5, 6).
(de laAudiencia General del Papa Juan Pablo II del 8 de noviembre de 1978)
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