¿Quién puede contar los niños que no han nacido porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños abandonados y maltratados por sus mismos padres, los niños que crecen sin afecto ni educación? En algunos países, poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo; les faltan los medios más indispensables para llevar una vida digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros grupos humanos.
Pero la sacralidad
de la persona no puede ser aniquilada, por más que sea despreciada y
violada tan a menudo. Al tener su indestructible fundamento en Dios Creador y
Padre, la sacralidad de la persona vuelve a imponerse, de nuevo y siempre.
(de
la Exhortación apostólica Post-Sinodal Christifideles Laici del Papa Juan Pablo
II
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