Hagamos nuestra
la exclamación del salmista, que hemos cantado en el Salmo responsorial: la misericordia del Señor es eterna. Para
comprender a fondo la verdad de estas palabras, dejemos que la liturgia nos
guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la muerte y la
resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este
prodigio de misericordia ha cambiado radicalmente el destino de la humanidad.
Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el amor del Padre, el cual, con
vistas a nuestra redención, no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de su
Hijo unigénito.
Tanto los
creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y
sufriente una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más
allá de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso después de la
resurrección del Hijo de Dios, "habla y no cesa nunca de decir que
Dios-Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. (...) Creer en
ese amor significa creer en la misericordia" (Dives in misericordia, 7).
Queremos dar
gracias al Señor por su amor, que es más fuerte que la muerte y que el pecado.
Ese amor se revela y se realiza como misericordia en nuestra existencia diaria,
e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, "misericordia" hacia el
Crucificado. ¿No es precisamente amar a Dios y amar al próximo, e incluso a los
"enemigos", siguiendo el ejemplo de Jesús, el programa de vida de
todo bautizado y de la Iglesia entera?
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