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lunes, 6 de abril de 2026

Médicos «amantes de la vida» y la recta conciencia

 

Asistir, curar, confortar, sanar el dolor humano, es tarea que por su nobleza, utilidad y su ideal, se acerca mucho a la vocación misma del sacerdote. Tanto en el uno como en el otro oficio encuentra, efectivamente, la más inmediata y evidente manifestación el mandamiento supremo del amor al prójimo, un amor llamado no pocas veces a actualizarse aun en formas que tocan el verdadero y real heroísmo. No debe asombrar, por tanto, la solemne advertencia de la Sagrada Escritura: «Honra al médico antes que lo necesites, porque también a él lo creó el Señor. Pues el Altísimo tiene la ciencia de curar...» (Sir 38, 1-2).

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Como ministro del Dios a quien presenta la Sagrada Escritura como «amante de la vida» (cf. Sab 11, 25), quiero manifestar también mi sincera admiración hacia todos los cirujanos que, siguiendo el dictamen de la recta conciencia, saben resistir cada día a las lisonjas, presiones, amenazas y tal vez hasta violencia física, para no mancharse con comportamientos siempre lesivos de ese bien sagrado que es la vida humana: su testimonio valiente y coherente constituye una aportación importantísima para la construcción de una sociedad que, por ser a la medida del hombre, no puede menos de poner en su base el respeto y la protección del presupuesto primordial de cualquier otro derecho humano, esto es, el derecho a vivir.

 

(Papa Juan Pablo II en su  discurso a la Asociación de médicos católicos italianos – 28 de diciembre 1978)

lunes, 3 de junio de 2024

Juan Pablo II a los médicos católicos (3 de 3)

 

El Papa une su voz gustosamente a la de todos los médicos de recta conciencia y hace propias sus demandas fundamentales: en primer lugar, la de ver reconocida la naturaleza más íntima de su noble profesión, que los quiere servidores de la vida y nunca instrumentos de muerte; también un respeto pleno y total, en la legislación y en la práctica, a su libertad de conciencia, entendida como derecho fundamental de la persona para no ser forzada a obrar contra la propia conciencia, ni se le impida comportarse de acuerdo con ella; finalmente, una indispensable y firme protección jurídica de la vida humana en todos sus estadios, también en las adecuadas estructuras activas que favorecen la acogida gozosa de la vida naciente, la promoción eficaz durante su desarrollo y madurez, y su tutela cuidadosa y delicada cuando comienza su decadencia y hasta su muerte natural.

(Del discursode Juan Pablo II a la Asociación de Médicos Católicos Italianos)

Juan Pablo II a los médicos católicos (2 de 3)

 

Como ministro del Dios a quien presenta la Sagrada Escritura como «amante de la vida» (cf. Sab 11, 25), quiero manifestar también mi sincera admiración hacia todos los cirujanos que, siguiendo el dictamen de la recta conciencia, saben resistir cada día a las lisonjas, presiones, amenazas y tal vez hasta violencia física, para no mancharse con comportamientos siempre lesivos de ese bien sagrado que es la vida humana: su testimonio valiente y coherente constituye una aportación importantísima para la construcción de una sociedad que, por ser a la medida del hombre, no puede menos de poner en su base el respeto y la protección del presupuesto primordial de cualquier otro derecho humano, esto es, el derecho a vivir.

(Del discursode Juan Pablo II a la Asociación de Médicos Católicos Italianos)

Juan Pablo II a los médicos católicos (1 de 3)

 La dignidad y la responsabilidad de esta misión jamás serán comprendidas suficientemente, ni expresadas adecuadamente. Asistir, curar, confortar, sanar el dolor humano, es tarea que por su nobleza, utilidad y su ideal, se acerca mucho a la vocación misma del sacerdote. Tanto en el uno como en el otro oficio encuentra, efectivamente, la más inmediata y evidente manifestación el mandamiento supremo del amor al prójimo, un amor llamado no pocas veces a actualizarse aun en formas que tocan el verdadero y real heroísmo. No debe asombrar, por tanto, la solemne advertencia de la Sagrada Escritura: «Honra al médico antes que lo necesites, porque también a él lo creó el Señor. Pues el Altísimo tiene la ciencia de curar...» (Sir 38, 1-2).

martes, 18 de marzo de 2014

El compromiso del médico

 “Repito una vez más lo que escribí en la encíclica Evangelium vitae: «Vuestra profesión os exige ser custodios y servidores de la vida humana. En el contexto cultural y social actual, en que la ciencia y la medicina corren el riesgo de perder su dimensión ética original, podéis estar a veces fuertemente tentados de convertiros en manipuladores de la vida o incluso en agentes de muerte. Ante esta tentación, vuestra responsabilidad ha crecido hoy enormemente y encuentra su inspiración más profunda y su apoyo más fuerte precisamente en la intrínseca e imprescindible dimensión ética de la profesión sanitaria, como ya reconocía el antiguo y siempre actual juramento de Hipócrates, según el cual se exige a cada médico el compromiso de respetar a toda costa la vida humana y su carácter sagrado» (n. 89).”


(Beato Juan Pablo II en su discurso durante la visita a la Clínica de Cardiologìa del Hospital de Cracovia, 9 de junio de 1997)

martes, 5 de enero de 2010

Reconoced en todo enfermo al mismo Cristo

“Vosotros, los médicos católicos… estáis llamados, como creyentes, a dar testimonio de Cristo mediante las obras de caridad fraterna y el compromiso de promover la paz y la justicia, contribuyendo de forma eficaz a eliminar los motivos de sufrimiento que humillan y entristecen al hombre. Además, como médicos, es decir, como servidores de la vida, encontráis en el ejercicio de vuestra profesión una ocasión privilegiada para contribuir a la edificación de un mundo que corresponda cada vez más a la dignidad del ser humano. La medicina, entendida auténticamente, habla el lenguaje universal de la comunión, poniéndose a la escucha de todo hombre, sin distinción, y acogiendo a todos para aliviar los sufrimientos de cada uno”
[…]

“Reconoced en todo enfermo al mismo Cristo, colaborando con los que trabajan en la pastoral de los enfermos. A la aportación insustituible de vuestra profesionalidad añadid el "corazón", el único capaz de humanizar las instituciones. Vivificad el servicio con la oración constante a Dios, "que ama la vida" (Sb 11, 26), recordando siempre que la curación, en última instancia, viene del Altísimo (cf. Si 38, 1-2)”

(del Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II a los participantes en la XXIII Asamblea Nacional Italiana de Médicos católicos)