“Una palabra buena se dice pronto; sin embargo, a
veces se nos hace difícil pronunciarla. Nos detiene el cansancio, nos distraen
las preocupaciones, nos frena un sentimiento de frialdad o de indiferencia
egoísta. Así sucede que pasamos al lado de personas a las cuales, aun
conociéndolas, apenas les miramos el rostro y no nos damos cuenta de lo que
frecuentemente están sufriendo por esa sutil, agotadora pena, que proviene de
sentirse ignoradas. Bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso e
inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de
cortesía puede ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia,
oprimida por la tristeza y por el desaliento.”
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