lunes, 22 de junio de 2026

Una cultura sin verdad no es una garantía para la libertad

 

Una cultura sin verdad no es una garantía para la libertad, sino más bien un riesgo. Ya lo dije en otra ocasión:  "las exigencias de la verdad y la moralidad no menoscaban ni anulan nuestra libertad, sino que, por el contrario, le permiten crecer y la liberan de las amenazas que lleva en su interior" (Discurso a la III asamblea general de la Iglesia italiana en Palermo, 23 de noviembre de 1995, n. 3:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de diciembre de 1995, p. 7). En este sentido, sigue siendo perentoria la advertencia de Cristo:  "La verdad os hará libres" (Jn 8, 32)

(del Discurso de Juan Pablo II a los profesoresuniversitarios en el Jubileo de Profesorse Universitarios 2000)


Globalizar la solidaridad

 

Para que la solidaridad sea global, es necesario que tenga efectivamente en cuenta a todos los pueblos de las diversas regiones del mundo. Esto exige aún muchos esfuerzos y, sobre todo, sólidas garantías internacionales con respecto a las organizaciones humanitarias, frecuentemente alejadas, a pesar suyo, de las zonas de conflicto, puesto que ya no se les garantiza la seguridad y no se les asegura el derecho de prestar asistencia a las personas.

Globalizar la solidaridad requiere también trabajar en relación estrecha y constante con las organizaciones internacionales, garantes del derecho, para equilibrar de un modo nuevo las relaciones entre los países ricos y los países pobres, a fin de que se terminen las relaciones de asistencia en sentido único, que a menudo contribuyen a acentuar más el desequilibrio por un mecanismo de deuda permanente. Convendría, más bien, realizar una verdadera colaboración, fundada en relaciones recíprocas de igualdad, reconociendo el derecho de cada uno a gestionar efectivamente las opciones que atañen a su futuro.

(Juan PabloII en su Mensaje a los participantes en la XVII Asamblea General de CaritasInternacional)

jueves, 4 de junio de 2026

La Iglesia vive dela Eucaristia

 

"Ecclesia de Eucharistia vivit":  La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20)

 

 (de la Carta encíclica del Papa Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia)

lunes, 1 de junio de 2026

El Corazón de Cristo ¨”corazón nuevo”-

 

Para salvar al hombre, víctima de su misma desobediencia, Dios quiso darle un "corazón nuevo", fiel a su voluntad de amor (cf. Jr 31, 33; Ez 36, 26; Sal 50, 12). Este corazón es el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo, que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en la cruz, convirtiéndose de este modo, y para todos, en manantial inagotable de vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.

 

(JuanPablo II Ángelus 23 de junio 2002)

viernes, 22 de mayo de 2026

Los siete dones del Espíritu Santo : El don del temor de Dios

 

El último, en orden de enumeración de estos dones, es el don del temor de Dios.

La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de qué temor se trata? No ciertamente de ese "miedo de Dios" que impulsa a evitar pensar o recordarse de Él, como de algo o de alguno que turba e inquieta. Este fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a "ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín" (Gn 3, 8); éste fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cf. Mt 25, 18. 26).

Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto de temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime; es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser "encontrado falto de peso" (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el "espíritu contrito" y con el "corazón humillado" (cf. Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación "con temor y temblor" (Flp 2, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.

(JuanPablo II, Ángelus, 11 de junio de 1989)

Los siete dones del Espíritu Santo : El don de la piedad

 

La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante éste, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.

() La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno.

() La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre

() El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, a la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.

(Juan Pablo II Ángelus, 28 de mayo de 1989)

Los siete dones del Espíritu Santo : El don de la fortaleza

 Quizás nunca como hoy la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.