Como se
deduce de la parábola del hijo pródigo, la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya.
Mas nuestra fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en el misterio de
Cristo redentor, reconciliador, que libera al hombre del pecado en todas sus
formas. El mismo S. Pablo no duda en resumir en dicha tarea y función la misión
incomparable de Jesús de Nazaret, Verbo e Hijo de Dios hecho hombre.
También nosotros
podemos partir de este misterio central
de la economía de la salvación, punto clave de la cristología del Apóstol.
«Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo —escribe a los Romanos— mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su
vida. Y no solo reconciliados, sino que nos gloriamos en Dios Nuestro Señor
Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación»[22].
Puesto que «Dios nos ha reconciliado con sí por medio de Cristo», Pablo se
siente inspirado a exhortar a los cristianos de Corinto: «Reconciliaos con Dios»[23]
(de la Exhortación
Apostólica post sinodal Reconciliatio et Paenitentia del Papa Juan Pablo II)