«Un hombre
tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre, dame la parte de
herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo la dramática
vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro
de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos días de
la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la
humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la
valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado
al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había
esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso
de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido
encontrado».
El hombre —todo
hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre
para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación;
desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo,
deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí;
atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver
a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el
regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del
nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Lo que más
destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que
regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una
palabra: la reconciliación es principalmente un don
del Padre celestial.
(de la ExhortaciónApostólica post sinodal Reconciliatio et Paenitentia del Papa Juan Pablo II)
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