Asistir, curar, confortar, sanar el dolor humano, es tarea
que por su nobleza, utilidad y su ideal, se acerca mucho a la vocación misma
del sacerdote. Tanto en el uno como en el otro oficio encuentra, efectivamente,
la más inmediata y evidente manifestación el mandamiento supremo del amor al
prójimo, un amor llamado no pocas veces a actualizarse aun en formas que tocan
el verdadero y real heroísmo. No debe asombrar, por tanto, la solemne advertencia
de la Sagrada Escritura: «Honra al médico antes que lo necesites, porque
también a él lo creó el Señor. Pues el Altísimo tiene la ciencia de curar...» (Sir 38, 1-2).
(…)
Como ministro del Dios a quien presenta la Sagrada Escritura como «amante de la vida» (cf. Sab 11, 25), quiero manifestar también mi sincera admiración hacia todos los cirujanos que, siguiendo el dictamen de la recta conciencia, saben resistir cada día a las lisonjas, presiones, amenazas y tal vez hasta violencia física, para no mancharse con comportamientos siempre lesivos de ese bien sagrado que es la vida humana: su testimonio valiente y coherente constituye una aportación importantísima para la construcción de una sociedad que, por ser a la medida del hombre, no puede menos de poner en su base el respeto y la protección del presupuesto primordial de cualquier otro derecho humano, esto es, el derecho a vivir.
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