viernes, 7 de agosto de 2026

La Redención

 La Redención se comunica al hombre mediante la proclamación de la Palabra de Dios y los sacramentos, dentro de la economía divina por la cual la Iglesia está constituida, en cuanto cuerpo de Cristo, « como sacramento universal de salvación »[10]. El Bautismo, sacramento del nuevo nacimiento en Cristo, introduce vitalmente a los fieles en esta corriente que brota del Salvador. La Confirmación los vincula más estrechamente con la Iglesia, los corrobora en el testimonio de Cristo y en el amor coherente a Dios y a los hermanos. La Eucaristía en particular hace presente toda la obra de la Redención que se perpetúa a lo largo del año en la celebración de los divinos misterios; en ella el mismo Redentor, realmente presente bajo las especies sagradas, se da a los fieles, acercándolos « siempre al amor que es más fuerte que la muerte »[11], los une a sí y al mismo tiempo entre sí. De este modo la Eucaristía construye la Iglesia, ya que es signo y causa de la unidad del Pueblo de Dios, y consiguientemente fuente y culmen de toda la vida cristiana[12]. La Penitencia los purifica, como se dirá ampliamente más adelante. El Orden Sagrado configura a los elegidos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, y les confiere el poder de apacentar en su nombre a la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios, sobre todo en el culto eucarístico. En el Matrimonio « el genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia »[13]. Finalmente la Unción de los Enfermos, uniendo los sufrimientos de los fieles a los del Redentor, los purifica con vistas a la redención completa del hombre incluso en su cuerpo y los prepara al encuentro beatífico con Dios, Uno y Trino.

(Juan Pablo II  - de la Bula de convocación del Jubileo para el 1950 aniversario de la Redencion Aperite portas Redemptori) 

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