El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos. En la luz de Dios recordamos a todos los que han dado testimonio de Cristo durante su vida terrena, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Nos alegramos con estos hermanos y hermanas nuestros que nos han precedido, recorriendo nuestro mismo camino, y que ahora, en la gloria del cielo, gozan del premio merecido. Estos son los que, según la expresión del Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Han sabido ir contra corriente, acogiendo el "sermón de la montaña" como norma inspiradora de su vida: pobreza de espíritu y sencillez de vida; mansedumbre y no violencia; arrepentimiento de los pecados propios y expiación de los ajenos; hambre y sed de justicia; misericordia y compasión; pureza de corazón; compromiso en favor de la paz; y sacrificio por la justicia (cf. Mt 5, 3-10).
Todo cristiano está llamado a la santidad, es decir,
a vivir las bienaventuranzas. Como ejemplo para todos, la Iglesia indica a los
hermanos y hermanas que se han distinguido en las virtudes y han sido
instrumentos de la gracia divina
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