Como en
Nazaret, Dios se hace presente también en todas las familias y se integra en el
acontecer humano. Pues la familia, que es la unión del hombre y la mujer, está
encaminada por su propia naturaleza a la procreación de nuevos hombres que van
acompañados a lo largo de la existencia en el crecimiento físico y, sobre todo,
en el crecimiento moral y espiritual, a través de una obra educativa diligente.
Por consiguiente, la familia es el lugar privilegiado y el santuario donde se
desarrolla toda la aventura grande e intima de cada persona humana irrepetible.
Incumben a la familia, por tanto, deberes fundamentales, cuyo cumplimiento no
puede dejar de enriquecer abundantemente a los responsables principales de la
misma familia, haciendo de ellos los cooperadores más directos de Dios en la
formación de nuevos hombres.
(JuanPablo II de las palabras a los jóvenes en la Basílica de San Pedro – 3 de enerode 1979)
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