La
Cuaresma debe ser el tiempo del compromiso y del esfuerzo espiritual más que
cualquier otro período del año litúrgico. Pero precisamente este esfuerzo, este
trabajo da ocasión a la alegría. La Iglesia durante la Cuaresma vive en la
perspectiva de la alegría de la resurrección..... Experimentamos tal alegría
cada vez que dominamos nuestra pereza espiritual, la pusilanimidad, la
indiferencia; experimentamos siempre la alegría cuando nos damos cuenta que
somos capaces de exigirnos algo a nosotros mismos; que somos capaces de dar
algo de nosotros mismos a Dios y al prójimo. Es una verdadera alegría
espiritual la que nace del trabajo, del esfuerzo.
Por esto, el período de Cuaresma nos estimule a cumplir nuestros deberes cristianos. Encontremos la alegría que nos da la participación en la Eucaristía… Volvamos a encontrar la alegría que proviene de la penitencia, de la conversión: de este espléndido sacramento de reconciliación con Dios, que Cristo ha instituido para restablecer la paz en la conciencia del hombre. Emprendamos el trabajo espiritual que la Cuaresma exige de nosotros para ser capaces de aceptar con toda la profundidad del espíritu esta invitación que nos hace la Iglesia hoy: "¡Alégrate, Jerusalén!"
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