El Dios de
nuestra fe, el que de modo misterioso reveló su nombre a Moisés al pie del
monte Horeb, afirmando "Yo soy el que soy", con
relación al mundo es completamente trascendente. El ..."es real y
esencialmente distinto del mundo... e inefablemente elevado sobre todas las
cosas, que son y pueden ser concebidas fuera de él" (DS 3002):
"...est re et essentia a mundo
distinctus, et super omnia, quae praeter ipsum sunt et concipi possum
ineffabiliter excelsus" (Cons. Dei
Filius, Concilio Vaticano I, cap. I, 1-4). Así enseña el Concilio Vaticano
I, profesando la fe perenne de la Iglesia.
Efectivamente,
aún cuando la existencia de Dios es conocible y demostrable y aún cuando su
esencia se puede conocer de algún modo en el espejo de la creación, como ha
enseñado el mismo Concilio, ningún signo,
ninguna imagen creada puede desvelar al conocimiento humano la Esencia de Dios como tal. Sobrepasa
todo lo que existe en el mundo creado y todo lo que la mente humana puede
pensar: Dios es el "ineffabiliter excelsus".
(dela Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 28 de agosto de 1985)
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