En cuanto testigos de Dios, no somos propietarios
discrecionales del anuncio que recibimos; somos responsables de un don que hay
que transmitir con fidelidad. Con el temor y temblor de la propia fragilidad,
el apóstol confía en “la manifestación del Espíritu”, en la fuerza persuasiva
del “poder de Dios”.
(de la Homilia del Papa Juan Pablo II en la Misapara los laicos, Toledo, 4 de noviembre de 1982)
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