Debemos
amar desde lo más profundo del alma nuestro sacerdocio, como gran
"sacramento social". Debemos amarlo como la esencia de nuestra vida y
nuestra vocación, como base de nuestra identidad cristiana y humana.Ninguno de
nosotros puede estar dividido en sí mismo.
El
sacerdocio sacramental, el sacerdocio ministerial, exige una fe particular, un
empeño especial de todas las fuerzas del alma y del cuerpo, exige un aprecio
especial de la propia vocación en cuanto vocación excepcional. Cada uno de
nosotros debe agradecer de rodillas a Cristo el don de esta vocación: «¿Qué
podré yo dar a Yavé por todos los beneficios que me ha hecho? Tomaré el cáliz
de la salvación e invocaré el nombre de Yavé» (Sal 115)… Debemos
tomar el "cáliz de la salvación".
Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos, unos "empleados". Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio.
(del
discurso de Juan Pablo II al Clero de
Roma, 9 de noviembre de 1978)
No hay comentarios:
Publicar un comentario