La Iglesia ora y quiere
orar para escuchar la voz interior del Espíritu divino, a fin de que El mismo
pueda hablar en nosotros y con nosotros, con los mismos gemidos inenarrables de
toda la creación.
La Iglesia ora y quiere orar para responder a
las necesidades que nacen de lo más profundo del hombre, que a veces está
sumamente agobiado y acosado por las condiciones contingentes de la vida
diaria, por todo lo que es temporal, la debilidad, el pecado, el abatimiento, y
una vida que parece no tener sentido. La oración da sentido a toda la vida en
cada momento y en cualquier circunstancia.
(Juan Pablo II en su discurso en el santuario mariano de laMentorella 29 de octubre de 1978)
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