Según el Concilio Vaticano II la noción verdadera de diócesis es: «Una porción del Pueblo de Dios que se confía al obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio, de suerte que adherida a su Pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo» (Christus Dominus, 11). Es el misterio del amor de Dios lo que estamos reflejando hoy: el obispo, Pastor de la Iglesia particular en la que reside la unidad católica.
Esta unidad se actúa y asegura en el Evangelio y
la Eucaristía. El Concilio nos recuerda claramente: «Entre las principales
funciones de los obispos se destaca la predicación del Evangelio» (Lumen gentium, 25).
El obispo encuentra su identidad al evangelizar,
al ser heraldo del Evangelio que San Pablo asegura ser «poder de Dios para la
salud de todo el que cree» (Rom 1, 16). En el nivel más alto de
nuestro ministerio de evangelización está la Eucaristía, que reconocemos
fielmente con el Concilio: «fuente y culminación de toda evangelización» (Presbyterorum ordinis, 5).
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