La vocación religiosa se
sitúa en la aceptación de una disciplina severa que no dimana de un
mandamiento, sino de un consejo evangélico: consejo de castidad, consejo de
pobreza, consejo de obediencia. Y todo ello, abrazado conscientemente y
radicado en el amor al Esposo divino, constituye de hecho la revelación
especial de la profundidad que posee la libertad del Espíritu humano. Libertad
de los hijos de Dios: hijos e hijas. Dicha vocación procede de una fe viva y
coherente hasta las últimas consecuencias, que abre al hombre la perspectiva
final, o sea, la perspectiva del encuentro con Dios mismo, el único digno de un
amor "sobre todas las cosas", amor exclusivo y esponsalicio.
Este amor consiste en la donación de todo
nuestro ser humano, alma y cuerpo, a Aquel que se ha dado enteramente a
nosotros los hombres mediante la Encarnación, la cruz y la humillación,
mediante la pobreza, castidad y obediencia: se hizo pobre por nosotros... para
que nosotros fuéramos ricos (cf. 2 Cor 8, 9)…... Esta vocación
es como la chispa que enciende en el alma una "llama de amor viva",
como escribió San Juan de la Cruz. Una vez aceptada, una vez confirmada
solemnemente por medio de los votos, esta vocación debe alimentarse
continuamente con la riqueza de la fe, no sólo cuando trae consigo gozo
interior, sino también cuando va unida a dificultades, aridez, sufrimiento
interior, la llamada "noche" del alma…..Esta vocación es un tesoro
peculiar de la Iglesia que no puede cesar de orar para que el Espíritu de
Jesucristo suscite vocaciones religiosas en las almas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario