Fiel a
la misión recibida de su divino Fundador, la Iglesia ha afirmado siempre, pero
con especial fuerza en el Concilio Ecuménico Vaticano II, la sacralidad de la
vida humana. ¿Quién no recuerda aquellas palabras solemnes?: "Dios, Señor
de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida,
misión que ha de llevarse a cabo en modo digno del hombre. Por tanto, la vida
humana desde su concepción, ha de ser salvaguardada, con el máximo
cuidado" (Constitución pastoral Gaudium et spes, 51). Fortalecidos
con esta convicción, los Padres conciliares no dudaron en condenar, sin medios
términos, todo "cuanto atenta contra la vida —homicidios de cualquier
clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado—; cuanto
viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones,
las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente
ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones
infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la
esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las
condiciones laborales degradantes, que reducen al trabajador al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la
persona humana" (ib., 27).
(Juan PabloII discurso al II Congreso Europeo del Movimiento por la Vida – 26 de febrero de1979)
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