Jesús no
es sólo una figura excelsa de la historia humana, un héroe, un hombre
representativo: es el Hijo de Dios, como nos recuerda el acontecimiento
llamativo de la transfiguración… es el Emmanuel, Dios con nosotros, el amigo
divino, ¡el único que tiene palabras de vida eterna! Es la luz en las
tinieblas; es nuestra alegría porque sabemos que nos ama a cada uno
personalmente. «¿Qué diremos, pues, a esto? —escribía San Pablo a los romanos—.
Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El, que no perdonó a su
propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros... Cristo Jesús, el que murió,
aún más, el que resucitó, el que intercede por nosotros...» (Rom 8, 31-54).
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