¡Debemos pensar en el
paraíso! ¡Jugamos la carta de nuestra vida cristiana apostando por el paraíso!
Esta certeza y esta espera no desvía de nuestros compromisos terrenos, más aún,
los purifica, los intensifica, como lo prueba la vida de todos los Santos. Nuestra
vida es un camino hacia el paraíso, donde seremos amados y amaremos para
siempre y de modo total y perfecto. Se nace sólo para ir al paraíso.
El pensamiento del paraíso debe volveros fuertes
contra las tentaciones, comprometidos en vuestra formación religiosa y moral,
vigilantes respecto al ambiente en que debéis vivir, confiados en que, si
estáis unidos a Cristo, triunfaréis sobre toda dificultad.
Un gran poeta francés, convertido en su
juventud, Paul Claudel, escribía: «El Hijo de Dios no vino a destruir el
sufrimiento, sino a sufrir con nosotros. No vino a destruir la cruz, sino a
tenderse sobre ella. Nos ha enseñado el camino para salir del dolor y la
posibilidad de su transformación» (Positions et propositions).
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