martes, 30 de diciembre de 2025

Agradecer las gracias de Dios

La gracia es una realidad interior. Es una pulsación misteriosa de la vida divina en las almas humanas. Es un ritmo interior de la intimidad de Dios con nosotros, y por lo tanto también de nuestra intimidad con Dios. Es la fuente de todo verdadero bien en nuestra vida. Y es el fundamento del bien que no pasa. Mediante la gracia vivimos ya en Dios, en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, aunque nuestra vida se desarrolle aún en este mundo. La gracia da valor sobrenatural a cada vida, aunque esta vida sea, humanamente y según los criterios de la temporalidad. muy pobre, no llamativa y difícil.

Es necesario, pues, agradecer hoy cada una de las gracias de Dios que ha sido comunicada a cualquier hombre: no sólo a cada uno de nosotros aquí presentes, sino a cada uno de nuestros hermanos y hermanas en todas las partes de la tierra.

De este modo nuestro himno de acción de gracias unido al último día del año, que está para acabar, se convertirá como en una gran síntesis. En esta síntesis estará presente toda la Iglesia, porque ella es, como nos enseña el Concilio, un sacramento de la salvación humana (cf. Constitución dogmática Lumen gentium, 1, 1).

(de laHomilia del Santo Padre Juan Pablo II – Acción de Gracias en la Iglesia «DelGesú» el 31 de diciembre de 1979)

FELIZ Y FRUCTIFERO AÑO 2026 A TODOS


viernes, 26 de diciembre de 2025

«La verdad os hará libres».

 

Según el Evangelio, la libertad debe apoyarse sobre el cimiento granítico de la verdad. No todo lo que es posible materialmente resulta también lícito moralmente. La libertad moral no es la facultad de hacer lo que se quiera, sino la capacidad que tiene el ser humano de realizar, sin constricciones, lo que corresponde a su vocación de hijo de Dios, hecho a imagen de su Creador.

El hombre, por consiguiente, no es verdaderamente libre cuando se aparta de las exigencias profundas e inmutables de su naturaleza. Fuera de esta verdad, acabaría por ser prisionero de sus peores instintos, esclavo del pecado (cf. Jn 8, 34), y sus éxitos, tanto personales como sociales, no serían más que desastres, como por desgracia la experiencia demuestra ampliamente.

Pero ¿puede la persona conocer con certeza esa verdad suya? Ésta es, tal vez, la pregunta crucial de nuestro tiempo, tan imbuido de relativismo y escepticismo.

La Iglesia cree en la fuerza de la razón que, «aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada» (Gaudium et spes, 15), nos hace de alguna manera, «partícipes de la luz de la inteligencia divina» (ib.) y, mediante la conciencia, nos orienta sin cesar a la verdad moral. Así pues, lejos de oponerse a la fe, la razón encuentra precisamente en ella un apoyo, una confirmación y una profundización, pues Jesús, el Verbo encarnado, no sólo revela Dios al hombre, sino que también manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (cf. ib., 22). Cristo es el Redentor del hombre, el «libertador» de su libertad (Veritatis splendor, 86).

(Del Ángelusdel Papa Juan Pablo II del 17 de diciembre de 1993)

lunes, 15 de diciembre de 2025

El vicio de la corrupción

 

No se puede pasar por alto, además, el vicio de la corrupción, que socava el desarrollo social y político de tantos pueblos. Es un fenómeno creciente que va penetrando insidiosamente en muchos sectores de la sociedad, burlándose de la ley e ignorando las normas de justicia y de verdad. La corrupción es difícil de contrarrestar, porque adopta múltiples formas; sofocada en un área, rebrota a veces en otra. El hecho mismo de denunciarla requiere valor. Para erradicarla se necesita además, junto con la voluntad tenaz de las Autoridades, la colaboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral.

Una gran responsabilidad en esta batalla recae sobre las personas que tienen cargos públicos. Es cometido suyo empeñarse en una ecuánime aplicación de la ley y en la transparencia de todos los actos de la administración pública. El Estado, al servicio de los ciudadanos, es el gestor de los bienes del pueblo, que debe administrar en vista del bien común. El buen gobierno requiere el control puntual y la corrección plena de todas las transacciones económicas y financieras. De ninguna manera se puede permitir que los recursos destinados al bien público sirvan a otros intereses de carácter privado o incluso criminal.

El uso fraudulento del dinero público penaliza sobre todo a los pobres, que son los primeros en sufrir la privación de los servicios básicos indispensables para el desarrollo de la persona. Cuando la corrupción se introduce en la administración de la justicia, son también los pobres los que han de soportar con mayor rigor las consecuencias: retrasos, ineficiencia, carencias estructurales, ausencia de una defensa adecuada. Con frecuencia no les queda otra solución que padecer la tropelía.

(del Mensaje del Papa Juan Pablo II para la celebración de la XXXIJornada Mundial de la Paz – 1 de enero de 1998 – “De la justicia de cada unonace la paz para todos”)

El pesado lastre de la deuda externa

 

A causa de su frágil potencial financiero y económico, hay naciones y regiones enteras del mundo que corren el peligro de quedar excluidas de una economía que se globaliza. Otras tienen mayores recursos, pero lamentablemente no pueden beneficiarse de ellos por diversos motivos: desórdenes, conflictos internos, carencia de estructuras adecuadas, degrado ambiental, corrupción extendida, criminalidad y otros muchos más. La globalización debe ir unida a la solidaridad. Por tanto, hay que asignar ayudas especiales que permitan a los Países que sólo con sus propias fuerzas no pueden entrar con éxito en el mercado global, la posibilidad de superar su actual situación de desventaja. Es algo que se les debe por justicia. En una auténtica «familia de Naciones», nadie puede quedar excluido; por el contrario, se ha de apoyar al más débil y frágil para que pueda desarrollar plenamente sus propias potencialidades

La cuestión de la deuda forma parte de un problema más amplio, que es la persistencia de la pobreza, a veces extrema, y el surgir de nuevas desigualdades que acompañan el proceso de globalización. Si el objetivo es una globalización sin dejar a nadie al margen, ya no se puede tolerar un mundo en el que viven al lado el acaudalado y el miserable, menesterosos carentes incluso de lo esencial y gente que despilfarra sin recato aquello que otros necesitan desesperadamente. Semejantes contrastes son una afrenta a la dignidad de la persona humana. No faltan ciertamente medios adecuados para eliminar la miseria, como la promoción de importantes inversiones sociales y productivas por parte de todas las instancias económicas mundiales. Lo cual requiere, sin embargo, que la Comunidad internacional se proponga actuar con la determinación política necesaria.

(del Mensaje del Papa Juan Pablo II para la celebración de la XXXIJornada Mundial de la Paz – 1 de enero de 1998 – “De la justicia de cada unonace la paz para todos”)


La justicia : una virtud dinámica y viva

 

La justicia es una virtud dinámica y viva: defiende y promueve la inestimable dignidad de las personas y se ocupa del bien común, tutelando las relaciones entre las personas y los pueblos. El hombre no vive solo, sino que desde el primer momento de su existencia está en relación con los demás, de tal manera que su bien como individuo y el bien de la sociedad van a la par. Entre los dos aspectos hay un delicado equilibrio.

El respeto de los derechos humanos no comporta únicamente su protección en el campo jurídico, sino que debe tener en cuenta todos los aspectos que emergen de la noción de dignidad humana, que es la base de todo derecho. En tal perspectiva, la atención adecuada a la dimensión educativa adquiere un gran relieve. Además, es importante considerar también la promoción de los derechos humanos, que es fruto del amor por la persona como tal, ya que el amor va más allá de lo que la justicia puede aportar[6]. En el marco de esta promoción, se deberán realizar esfuerzos ulteriores para proteger particularmente los derechos de la familia, la cual es «elemento natural y fundamental de la sociedad»[7].

(del Mensaje del Papa Juan Pablo II para la celebración de la XXXIJornada Mundial de la Paz – 1 de enero de 1998 – “De la justicia de cada unonace la paz para todos”)



Justicia y paz

 

Justicia y paz no son conceptos abstractos o ideales lejanos; son valores que constituyen un patrimonio común y que están radicados en el corazón de cada persona. Todos están llamados a vivir en la justicia y a trabajar por la paz: individuos, familias, comunidades y naciones. Nadie puede eximirse de esta responsabilidad.

(del Mensaje del Papa Juan Pablo II para la celebración de la XXXIJornada Mundial de la Paz – 1 de enero de 1998 – “De la justicia de cada unonace la paz para todos”)

sábado, 13 de diciembre de 2025

Dios es la santidad porque es amor (1 Jn 4, 16).

 Mediante el amor está separado absolutamente del mal moral, del pecado, y está esencial, absoluta y transcendentalmente identificado con el bien moral en su fuente, que es Él mismo. En efecto, amor significa precisamente esto: querer el bien, adherirse al bien. De esta eterna voluntad de Bien brota la infinita bondad de Dios respecto a las criaturas y, en particular, respecto al hombre. Del amor nace su clemencia, su disponibilidad a dar y a perdonar, la cual ha encontrado, entre otras cosas, una expresión magnífica en la parábola de Jesús sobre el hijo pródigo, que refiere Lucas (Cf. Lc 15, 11-32). El amor se expresa en la Providencia, con la cual Dios continúa y sostiene la obra de la creación.

(Juan Pablo II Audiencia General 18 de diciembre de 1985)


Regem venturum Dominum, venite adoremus – Aquel que debe venir

Durante estos días, en las semanas de Adviento, toda la Iglesia se abre hacia Aquel que debe venir: Regem venturum Dominum, venite adoremus. Sabemos que es un Rey admirable… Sabemos también que este Rey, al que nos dirigimos durante el Adviento con toda la fuerza de nuestra fe y de la esperanza, vendrá al mundo y carecerá de casa, teniendo como primer lugar de refugio un establo destinado a los animales. Y, en el curso de este período litúrgico, nos preparamos precisamente para acoger con tanta mayor ferviente espera y con tanto mayor amor al que viene ―humanamente hablando― en este abajamiento: hacemos esto para comenzar de nuevo junto con Él, en la noche de Navidad, en la admirable noche del "comienzo nuevo", la etapa ulterior de nuestra vida.

Así espera la Iglesia al que debe venir. No es una espera pasiva. El Adviento es el tiempo de una cooperación especial, en el Espíritu de la esperanza humilde y gozosa, con ese Verbo de Vida, que pronuncia Dios eternamente, y que pronuncia, siempre de nuevo, para cada uno de los hombres, para cada generación, para cada época.

(JuanPablo II Ángelus 9 de diciembre de 1979)

jueves, 4 de diciembre de 2025

El Adviento prepara al hombre para su propio nacimiento de Dios

 

Todo el Adviento permanece en la perspectiva del nacimiento. Sobre todo de ese nacimiento en Belén que representa el punto culminante de la historia de la salvación. Desde el momento de ese nacimiento, la espera se transforma en realidad. El "ven" del Adviento se encuentra con el "ecce adsum" de Belén.

Sin embargo, esta primera perspectiva del nacimiento se transforma en una ulterior. El Adviento nos prepara no sólo al nacimiento de Dios que se hace hombre. Prepara también al hombre a su propio nacimiento de Dios. Efectivamente, el hombre debe nacer constantemente de Dios. Su aspiración a la verdad, al bien, a lo bello, al absoluto se realiza en este nacimiento. Cuando llegue la noche de Belén y luego el día de Navidad, la Iglesia dirá ante el recién Nacido, que, como todo recién nacido, demuestra la debilidad y la insignificancia: "A cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Adviento prepara al hombre a este "poder": a su propio nacimiento de Dios. Este nacimiento es nuestra vocación. Es nuestra heredad en Cristo. El nacimiento que dura y se renueva. El hombre debe nacer de Dios siempre de nuevo en Cristo; debe renacer de Dios.

(San Juan Pablo II Homilia  en la Misa para los universitarios romanos –19 de diciembre de 1980) 

La “expresión ignorada del Adviento para el hombre”

 

“La cultura, la ciencia, el servicio a la verdad y a la belleza son, efectivamente, con mucha frecuencia la expresión ignorada del Adviento para el hombre, son la manifestación del hecho de que él vive en una espera que, a la vez, es una aspiración; y la medida de esta aspiración es más grande que la forma solamente material de la producción y del consumo, que la civilización contemporánea trata de imponer a la vida humana”

 

(San Juan Pablo II Homilia  en la Misa para los universitarios romanos –19 de diciembre de 1980) 

sábado, 29 de noviembre de 2025

La vocación y el Adviento

 

 “Toda vocación es un don precioso en el que el Señor se acerca y sale al encuentro de toda la comunidad del Pueblo de Dios. Es, pues, como un signo particular de Adviento. Por esto, durante este período litúrgico, damos gracias y, a la vez, pedimos por ellas.”

 

(Juan Pablo II Ángelus12 de diciembre de 1982)

El Adviento ecuménico

 “El amor de Dios "que se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom. 5, 5), acelere el tiempo del Adviento ecuménico. Acerque el día de la unión de las Iglesias hermanas y de todos los cristianos en el único Cuerpo de Cristo.”

Adviento: invitación a la Paz del Señor

 

 “El Adviento trae consigo la invitación a la paz de Dios para todos los hombres. Es necesario que nosotros construyamos esta paz y la reconstruyamos continuamente en nosotros mismos y con los otros: en las familias, en las relaciones con los cercanos, en los ambientes de trabajo, en la vida de toda la sociedad.”

 

 (San Juan Pablo II Homilia 30 de noviembre de 1980)

lunes, 24 de noviembre de 2025

La misericordia y el perdón

 

La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo.

 

(de la Encìclica Dives in Misericordia del Papa Juan Pablo II )

Un pueblo es débil si acepta su derrota

 

Un pueblo es débil si acepta su derrota,

Y si olvida el mandato de estar despierto

Cuando llegue su hora.

En la gran esfera del reloj de la Historia

Las horas se repiten siempre.

 (Karol Wojtyla, “Cuando pienso en la patria”, VI,4)

lunes, 17 de noviembre de 2025

Pero, ¿qué libertad?

 

«Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». La pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es más, lo considera central, porque no existe moral sin libertad: «El hombre puede convertirse al bien sólo en la libertad» 56. Pero, ¿qué libertad? El Concilio —frente a aquellos contemporáneos nuestros que «tanto defienden» la libertad y que la «buscan ardientemente», pero que «a menudo la cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal»—, presenta la verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia decisión" (cf. Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» 57. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida 58. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: «La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes» 59.

(Papa Juan Pablo II Carta Encíclica Veritatis Splendor)

 

 

El misterio del hombre

 

 La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo que la guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13), no ha dejado, ni puede dejar nunca de escrutar el «misterio del Verbo encarnado», pues sólo en él «se esclarece el misterio del hombre» 44.

 (Papa Juan Pablo II Carta Encíclica Veritatis Splendor)

La mosaica (ley de Moises) es imagen de la verdad

 

Al igual que, aunque existe un Antiguo Testamento, toda verdad está contenida en el Nuevo, así ocurre con la ley: la que fue dada por medio de Moisés es figura de la verdadera ley. Por tanto, la mosaica es imagen de la verdad» 25.

 (Papa Juan Pablo II Carta Encíclica Veritatis Splendor)

 

Luz verdadera que ilumina a todo hombre

 

Llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), los hombres llegan a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8), y se santifican «obedeciendo a la verdad» (1 P 1, 22).

 (Papa Juan Pablo II Carta Encíclica Veritatis Splendor)

jueves, 30 de octubre de 2025

Que la catequesis sea “luz” y “sal”

 

Vivimos en un mundo difícil donde la angustia de ver que las mejores realizaciones del hombre se le escapan y se vuelven contra él[99], crea un clima de incertidumbre. Es en este mundo donde la catequesis debe ayudar a los cristianos a ser, para su gozo y para el servicio de todos, «luz» y «sal»[100]. Ello exige que la catequesis les dé firmeza en su propia identidad y que se sobreponga sin cesar a las vacilaciones, incertidumbres y desazones del ambiente.

(Papa Juan Pablo II Exhortación apostólica Catechesi Tradendae)

 


El ministerio de la catequesis

 

El ministerio de la catequesis saca siempre nuevas energías de los Concilios. A este respecto el Concilio de Trento constituye un ejemplo que se ha de subrayar: en sus constituciones y decretos dio prioridad a la catequesis; dio lugar al «catecismo romano» que lleva además su nombre y constituye una obra de primer orden, resumen de la doctrina cristiana y de la teología tradicional para uso de los sacerdotes; promovió en la Iglesia una organización notable de la catequesis; despertó en los clérigos la conciencia de sus deberes con relación a la enseñanza catequética; y, merced al trabajo de santos teólogos como san Carlos Borromeo, san Roberto Belarmino o san Pedro Canisio, dio origen a catecismos, verdaderos modelos para aquel tiempo. ¡Ojalá suscite el Concilio Vaticano II un impulso y una obra semejante en nuestros días!

Las misiones constituyen también un terreno privilegiado para la práctica de la catequesis. Así, desde hace casi dos mil años, el Pueblo de Dios no ha cesado de educarse en la fe, según formas adaptadas a las distintas situaciones de los creyentes y a las múltiples coyunturas eclesiales.

La catequesis está íntimamente unida a toda la vida de la Iglesia. No sólo la extensión geográfica y el incremento numérico sino también, y más todavía, el crecimiento interior de la Iglesia, su correspondencia con el designio de Dios, dependen esencialmente de ella. 

 

(PapaJuan Pablo II Exhortación apostólica Catechesi Tradendae)

sábado, 25 de octubre de 2025

« Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5).

 

María está presente en Caná de Galilea como Madre de Jesús, y de modo significativo contribuye a aquel « comienzo de las señales », que revelan el poder mesiánico de su Hijo. He aquí que: « como faltaba vino, le dice a Jesús su Madre: "no tienen vino". Jesús le responde: « ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora » (Jn 2, 3-4)En el Evangelio de Juan aquella « hora » significa el momento determinado por el Padre, en el que el Hijo realiza su obra y debe ser glorificado (cf. Jn 7, 30; 8, 20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1; 19, 27). Aunque la respuesta de Jesús a su madre parezca como un rechazo (sobre todo si se mira, más que a la pregunta, a aquella decidida afirmación: « Todavía no ha llegado mi hora »), a pesar de esto María se dirige a los criados y les dice: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Entonces Jesús ordena a los criados llenar de agua las tinajas, y el agua se convierte en vino, mejor del que se había servido antes a los invitados al banquete nupcial.

(Juan Pablo II - Carta Encíclica Redemptoris Mater)

 

Maria creyó

 

María creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Como Virgen, creyó que concebiría y daría a luz un hijo: el « Santo », al cual corresponde el nombre de « Hijo de Dios », el nombre de « Jesús » (Dios que salva). Como esclava del Señor, permaneció perfectamente fiel a la persona y a la misión de este Hijo. Como madre, « creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo ».118

 

(Juan Pablo II - Carta Encíclica RedemptorisMater)

jueves, 16 de octubre de 2025

El eclipse del sentido de Dios

 

El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la perenne validez de lo que escribió el Apóstol: « Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene » (Rm 1, 28). Así, los valores del ser son sustituidos por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material. La llamada « calidad de vida » se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas —relacionales, espirituales y religiosas— de la existencia.

(Juan Pablo II de la Carta Encìclica Evangelium Vitae) 

martes, 14 de octubre de 2025

Los bautizados: Templos vivos y santos del Espíritu

 

13. Con otra imagen —aquélla del edificio— el apóstol Pedro define a los bautizados como «piedras vivas» cimentadas en Cristo, la «piedra angular», y destinadas a la «construcción de un edificio espiritual» (1 P 2, 5 ss.). La imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad bautismal, que el Concilio Vaticano II presentaba de este modo: «Por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, los bautizados son consagrados como casa espiritual»[18].

El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le imprime su sello indeleble (cf. 2 Co 1, 21-22), y lo constituye en templo espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de Dios gracias a la unión y conformación con Cristo.

Con esta «unción» espiritual, el cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). De esta manera, mediante la efusión bautismal y crismal, el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías Salvador.

 

(JuanPablo II Exhortacion Apostolica Post Sinodal Christifideles Laici)

sábado, 11 de octubre de 2025

La ciencia no es el valor más alto

 (…) el conocimiento científico tiene sus propias leyes a las que atenerse. Sin embargo, debe también tener en cuenta, sobre todo en medicina, un límite insuperable en el respeto de la persona y en la tutela de su derecho a vivir de un modo digno del ser humano.

Si un nuevo método de investigación, por ejemplo, lesiona o corre el peligro de lesionar ese derecho, no debe considerarse lícito sólo porque aumenta nuestros conocimientos. La ciencia, en efecto, no es el valor más alto, al que todos los demás deban ser subordinados. Más alto, en la escala de valores, está precisamente el derecho personal del individuo a la vida física y espiritual, a su integridad síquica y funcional. La persona, en efecto, es medida y criterio de bondad o de culpa en toda manifestación humana. El progreso científico, por tanto, no puede pretender situarse en una especie de. terreno neutro. La norma ética, fundada en el respeto a la dignidad de la persona, debe iluminar y disciplinar tanto la fase de investigación como la de aplicación de los resultados adquiridos mediante ella.

martes, 7 de octubre de 2025

Con el rosario entre las manos

 

Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana.”

 

(Papa Juan Pablo II – Exhortación Apostólica Rosarium Virginis Mariae) 

sábado, 4 de octubre de 2025

Proclamar la vocacion a la santidad como san Francisco

 

Nos encontramos aquí en presencia del Santo, que es a la vez el Patrono de Italia, por tanto aquel que entre los numerosos hijos e hijas de esta tierra, canonizados y beatificados, une de modo particular a Italia con la Iglesia. En efecto, es misión de la Iglesia proclamar y realizar en cada nación esa vocación a la santidad que hemos recibido del Padre en el Espíritu Santo por obra de Cristo crucificado y resucitado; de ese Cristo, cuyas heridas llevó en su cuerpo San Francisco de Asís: «porque llevo en mi cuerpo las señales de Cristo Jesús» (Gál 6,17).

(Visita apostólica del Papa Juan Pablo II a Asís enel VIII Centenario de nacimiento de san Francisco) 

«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,25).

 

Venimos aquí, queridos hermanos, para repetir con Cristo el Señor estas palabras, para «alabar al Padre»;

-- venimos para alabarlo con motivo de lo que Él ha revelado, hace ocho siglos, a un Pequeño, al Pobrecillo de Asís;

-- las cosas del cielo y de la tierra, que los filósofos «no habían ni siquiera soñado»;

-- las cosas escondidas a quienes son «sabios» sólo humanamente, y sólo humanamente «inteligentes»;

-- estas «cosas» el Padre, el Señor del cielo y de la tierra, las ha revelado a Francisco y por medio de Francisco.

Por medio de Francisco de Pietro di Bernardone, es decir, el hijo de un rico comerciante de Asís, que abandonó toda la heredad del padre terreno y se desposó con «Madonna Povertà», la heredad del Padre celestial, que le era ofrecida en Cristo crucificado y resucitado.

(Visitaapostólica del Papa Juan Pablo II a Asís en el VIII Centenario de nacimiento desan Francisco) 

lunes, 29 de septiembre de 2025

El Rosario concentra la profundidad del mensaje evangelico

 

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.[2] En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.

(de la Carta Apostolica del Papa Juan Pablo II Rosarium Virginis Mariae)


La Familia que reza unida, permanece unida

 ¡La familia! Precisamente la familia debería ser el primer ambiente en donde se acoja, cultive y conserve la paz de Cristo. Sin embargo, en nuestros días, sin la oración resulta cada vez más difícil para la familia realizar esta vocación. Por eso, sería realmente útil recuperar la hermosa costumbre de rezar el rosario en casa, tal como acontecía en las generaciones pasadas. "La familia que reza unida, permanece unida" (Rosarium Virginis Mariae, 41)

(de la Audiencia General del Papa Juan Pablo II29 de octubre de 2003)

lunes, 22 de septiembre de 2025

« Queremos ver a Jesús » (Jn 12,21)

 

Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo « hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo « ver ». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor.

(de laCarta Apostólica Novo Millennio Ineunte del Papa Juan Pablo II – 6 de enero2001)

sábado, 6 de septiembre de 2025

Maria, Modelo de Evangelización

 

María es modelo de evangelización, más aún, es el modelo absoluto de toda evangelización en virtud del privilegio, realmente único, de Madre de Dios, que concibió, llevó en su seno y dio al mundo al divino Redentor.

 

A este modelo inigualable deben mirar todos los que en la Iglesia trabajan en el vasto campo apostólico, en la viña de Dios.  La Iglesia, en su conjunto, participa de la misma maternidad de María llevando a Cristo al mundo. Me estoy refiriendo, en especial, a la acción evangelizadora de la Iglesia y a su magisterio. Quien sepa reconocer el sentido materno que late en ese magisterio de verdad, no encuentra serias dificultades para acogerlo, aunque sea exigente y no fácil de traducir en la vida de cada día. Antes bien, sabe descubrir en él, en toda circunstancia, el amor de una Madre sabia y amorosa, que no busca más que la salvación integral del hombre. La Virgen santa, como recuerda la tradición cristiana, es el signo y la imagen de esta maternidad espiritual de la Iglesia.

 

(PapaJuan Pablo II Ángelus 23 de septiembre de 1990)

martes, 2 de septiembre de 2025

Como ser hoy testigos de Cristo

 (El Papa Juan Pablo II respondiendo en su dialogo conlos jóvenes de Paris durante la Vigilia en el Parque de los Príncipes, 1 dejunio de 1980)

Y ahora, la pregunta sobre cómo ser hoy testigos de Cristo.

Es la cuestión fundamental, la continuación de la meditación central de nuestro diálogo, la conversación con el joven. Cristo le dice "sígueme". Es lo que le dijo a Simón, hijo de Juan, a quien dio el nombre de Pedro; a su hermano Andrés, a los hijos del Zebedeo, a Natanael. Dijo "sígueme", para repetir luego, después de la resurrección: "Seréis mis testigos" (Act 1, 8). Para ser testigos de Cristo, para dar testimonio de El, ante todo hay que seguirle. Hay que aprender a conocerle, hay que ponerse, por decirlo así, en su escuela, penetrar todo su misterio. Es una tarea fundamental y central. Si no lo hacemos así, si no estamos dispuestos a hacerlo constante y honradamente, nuestro testimonio corre el riesgo de ser superficial y exterior. Corre el riesgo de no ser un testimonio. Si, por el contrario, seguimos atentos a esto, el mismo Cristo nos enseñará, mediante su Espíritu, lo que tenemos que hacer, cómo debemos comportarnos, en qué y cómo debemos comprometernos, cómo llevar adelante el diálogo con el mundo contemporáneo, ese diálogo que Pablo VI denominó diálogo de salvación.

La unidad de los cristianos

(El Papa Juan Pablo II respondiendo en su dialogo con los jóvenes de Paris durante la Vigilia en el Parque de los Príncipes, 1 de junio de 1980) 

La obra de la unidad de los cristianos creo que es una de las más grandes y más hermosas tareas de la Iglesia en nuestra época.

Querríais saber si yo espero esta unidad y cómo me la figuro. Os responderé lo mismo que a propósito de la aplicación del Concilio. También ahí veo una llama particular del Espíritu Santo. Por lo que respecta a su realización, a las diversas etapas de esta realización, encontramos en la enseñanza del Concilio todos los elementos fundamentales. Estos son los que hay que poner en práctica, buscando sus aplicaciones concretas y, sobre todo, rogando siempre con fervor, constancia y humildad. La unión de los cristianos no puede realizarse más que con una maduración profunda en la verdad y una conversión constante de los corazones. Todo esto debemos hacerlo según nuestras capacidades humanas, revisando todos los "procesos históricos" que han durado tanto siglos. Pero en definitiva, esta unión por la que no debemos ahorrar ni esfuerzos ni trabajos, será el don de Cristo a su Iglesia. Como ya es de hecho un don suyo el que hayamos entrado en el camino de la unidad.

El tema del Tercer Mundo

 

(El Papa Juan Pablo II respondiendo en su dialogo con los jóvenes de Paris durante la Vigilia en el Parque de los Príncipes, 1 de junio de 1980) 

Y ahora, la pregunta sobre el Tercer Mundo

Es un gran tema histórico, cultural, de civilización. Pero es sobre todo un problema moral. Preguntáis con toda razón cuáles debe ser las relaciones entre nuestro país y los países del Tercer Mundo: de África y de Asia. Hay ahí, efectivamente, grandes obligaciones de orden moral. Nuestro mundo "occidental" es al mismo tiempo "septentrional" (europeo o atlántico). Sus riquezas y su progreso deben mucho a los recursos y a los hombres de estos continentes. En la nueva situación en que nos encontramos después del Concilio, no se puede continuar buscando allí solamente la fuente de un enriquecimiento ulterior y del propio progreso. Se debe conscientemente y organizándose para ello, ayudarles en su desarrollo. Ese es quizá el problema más importante por lo que respecta a la justicia y a la paz en el mundo de hoy y de mañana. La solución de ese problema depende de la generación actual, y dependerá de vuestra generación y de las que seguirán. Aquí también se trata de continuar el testimonio dado a Cristo y a la Iglesia por muchas generaciones anteriores de misioneros religiosos y laicos.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Por el santo Bautismo hijos de Dios

 

Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22); y entiende que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la historia de cada uno el eterno designio del Padre: «a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29).

El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: «En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12, 13); de modo tal que el apóstol puede decir a los fieles laicos: «Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1 Co 12, 27); «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf. Rm 8, 15-16).

(Papa JuanPablo II Exhortación apostólica Christifidelis Laici)

Secularismo y necesidad de lo religioso

 

¿Cómo no hemos de pensar en la persistente difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en sus más diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás más difundida— del secularismo? Embriagado por las prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso de una libertad sin límites, el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos «ídolos».

(…)

Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo religioso no pueden ser suprimidos totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el coraje de afrontar los interrogantes más graves de la existencia humana, y en particular el del sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede dejar de hacer propia aquella palabra de verdad proclamada a voces por San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Ti»[9]. Así también, el mundo actual testifica, siempre de manera más amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de la vida, el despertar de una búsqueda religiosa, el retorno al sentido de lo sacro y a la oración, la voluntad de ser libres en el invocar el Nombre del Señor.

(Papa JuanPablo II Exhortación apostólica Christifidelis Laici)

sábado, 30 de agosto de 2025

Espíritu Santo vivificador

 « Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4) fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). El es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11 ) ».92

(de la Carta Encíclica Dominum et VIvificantem del Papa Juan Pablo II, sobre el Espíritu Santo)


Espiritu Santo : Persona-amor y Persona-don

 

Dios, en su vida íntima, « es amor »,36 amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto « sondea hasta las profundidades de Dios »,37 como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios « existe » como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor.38 Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación.

(de la Carta Encíclica Dominum et Vivificantem del Papa Juan Pablo II, sobre el Espíritu Santo)


martes, 26 de agosto de 2025

El bien común

 

El bien común al que la autoridad sirve en el Estado se realiza plenamente sólo cuando todos los ciudadanos están seguros de sus derechos. Sin esto se llega a la destrucción de la sociedad, a la oposición de los ciudadanos a la autoridad, o también a una situación de opresión, de intimidación, de violencia, de terrorismo, de los que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos de nuestro siglo. Es así como el principio de los derechos del hombre toca profundamente el sector de la justicia social y se convierte en medida para su verificación fundamental en la vida de los Organismos políticos.

Entre estos derechos se incluye el derecho a la libertad religiosa junto al derecho de la libertad de conciencia. El Concilio Vaticano II ha considerado particularmente necesaria la elaboración de una Declaración más amplia sobre este tema. Es el documento que se titula Dignitatis humanae

(Juan Pablo II en la Encíclica Redemptor Hominis)


El sentido de nuestra existencia en Cristo y por Cristo

 

Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo, «misterio escondido desde los siglos»69 en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor transcendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.

 

(JuanPablo II en la Encíclica Redemptor Hominis)

martes, 19 de agosto de 2025

Pérdida del sentido de Dios (2 de 2)

 

 En los últimos decenios, la pérdida del sentido de Dios ha coincidido con el avance de una cultura nihilista que empobrece el sentido de la existencia humana y, en el campo ético, relativiza incluso los valores fundamentales de la familia y del respeto a la vida. Con frecuencia, todo esto no se realiza de modo llamativo, sino con la sutil metodología de la indiferencia, que lleva a considerar normales todos los comportamientos, de modo que no surja ningún problema moral.

Paradójicamente, se exige que el Estado reconozca como "derechos" muchos comportamientos que atentan contra la vida humana, sobre todo contra la más débil e indefensa. Por no hablar de las enormes dificultades que existen para aceptar a los demás cuando son diversos, incómodos, extranjeros, enfermos o minusválidos. Precisamente el rechazo cada vez más fuerte de los demás, en cuanto diferentes, plantea un interrogante a nuestra conciencia de creyentes. Como afirmé en la encíclica Evangelium vitae:  "Estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera cultura de muerte" (n. 12).

 

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 15 de diciembre de 1999)

Perdida del sentido de Dios (1 de 2)

 

Hemos asistido al ocaso de las ideologías que vaciaron de referencias espirituales a muchos hermanos nuestros, pero los frutos nefastos de un secularismo que engendra indiferencia religiosa siguen presentes, sobre todo en las regiones más desarrolladas. Desde luego, a esta situación no se responde adecuadamente con la vuelta a una vaga religiosidad, con la que se buscan frágiles compensaciones y un equilibrio psico-cósmico, como pretenden muchos nuevos paradigmas religiosos que proclaman una religiosidad sin referencia a un Dios trascendente y personal.

Por el contrario, es preciso analizar con esmero las causas de la pérdida del sentido de Dios y volver a proponer con valentía el anuncio del rostro del Padre, revelado por Jesucristo a la luz del Espíritu. Esta revelación, no disminuye, sino que exalta la dignidad de la persona humana en cuanto imagen de Dios Amor.

 

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 15de diciembre de 1999)

Compromiso por la edificación de la "civilización del amor"

 

1. "Los cristianos, recordando la palabra del Señor:  "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Jn 13, 35), nada pueden desear más ardientemente que servir cada vez más generosa y eficazmente a los hombres del mundo actual" (Gaudium et spes, 93).

Esta tarea que el concilio Vaticano II nos encomendó al final de la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual responde al desafío fascinante de construir un mundo animado por la ley del amor, una civilización del amor, "fundada en los valores universales de paz, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en Cristo su plena realización" (Tertio millennio adveniente, 52).

 

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 15 de diciembre de 1999)


viernes, 15 de agosto de 2025

Asunción de María alegrémonos por su eterna gloria

 

“La que concibió en su seno virginal y trajo al mundo al Hijo de Dios, Verbo Eterno, experimenta hoy la perfecta glorificación del alma y del cuerpo en el tabernáculo de la Santísima Trinidad. Y nuestros corazones, como siempre, también hoy, pero hoy más que nunca, se dirigen a Ella con toda la sencillez y la confianza de los niños. ¡Alegrémonos por la eterna gloria de la Madre de Cristo y Madre nuestra!”